“Flores de fuego”, de Takeshi Kitano

“Flores de fuego” es, sin dudas, una sobresaliente realización de ese auténtico maestro del cine que es el japonés Takeshi Kitano, realización que, en 1997, obtenía el León de Oro al mejor filme en el prestigioso Festival de Venecia, premio absolutamente justo, por cierto. Violencia extrema, amor profundo, desprecio y exaltación de la vida y de la muerte, policías, mafiosos, gente común, odio, solidaridad, soledad, vida familiar, tragedias personales, humor, drama, el arte de la pintura, el caos urbano y la paz del mar, la locuacidad y el silencio, todo esto aparece en “Flores de fuego”, y el talento y la inspiración de Kitano hacen posible que todos estos elementos confluyan y se integren a una puesta austera y concisa, con un trabajo de iluminación y una partitura musical que ilustran los claroscuros de la vida cotidiana y de los personajes que la transitan, donde la pena y la melancolía se terminan imponiendo abrumadoramente. Gran película.

floresdefuego2Flores de fuego (“Hana-Bi”)

Intérpretes: Beat Takeshi (Yoshitaka Nishi), Kayoko Kishimoto (Miyuki, esposa de Nishi), Ren Osugi (Horibi), Susumu Terajima (Nakamura), Tetsu Watanabe (Tesuka, propietario del depósito de chatarra), Hakuryo (Yakuza Hitman), Yasuel Yakushiji (El criminal), Taro Itsumi (Kudo), Skenishi Yajima (El doctor), Makoto Ashikawa (Tanaka), Yudo Daike (Viuda de Tanaka)

Sinopsis:

El agente de policía Nishi se mueve entre la vida y la muerte por el infinito dolor que siente por su esposa moribunda y por su compañero Horibe, postrado en una silla de ruedas. Ante este panorama decide dejar la policía y robar un banco para financiar el único hobby que puede salvar a su amigo del suicidio, la pintura, y regalarle a su esposa, un último viaje antes de morir.

Comentario (*):

“Esto es un poema brutal, un canto excesivo y también precioso sobre el destino y sobre la vida a partir de muy pocos materiales y filmado con una ternura extrema”

Hay códigos de honor que precisan una caligrafía ruda, un trasfondo épico que justifique el despliegue de la violencia. No una violencia al modo en que Tarantino la filma: sobredimensionada, magistral para su disfrute visual, pero totalmente roma en perfiles dramáticos.

Hana-bi (Flores de fuego) es el retrato de un hombre manejado por circunstancias que lo sobrepasan – ¿quién no? – : Enfermedad terminal de su esposa, el compañero que ha quedado parapléjico en una redada y el clan de mafiosos que le persigue con aviesas y fúnebres intenciones. Y es la muerte (precisamente) la que dicta todo el guión. La muerte escoltada por la ternura o por la belleza o por la melancolía.

El trazo escueto, casi frágil, estalla cuando es preciso en un torrente visual poderoso, en escenas de acción hipnóticas que son flanqueadas por imprevistos y bellísimos recesos en los que los personajes, a los que sabemos abocados a un destino fatal, se detienen a contemplar el mar o un paisaje nevado con la delicadeza con la que lo haría un personaje en un film de Bergman o de Kurosawa.

Este thriller tambaleante (no lo parece en su arranque) es un poema fúnebre, una especie de canto a la vida desde la anuencia de su fuga. Quizá despiste al espectador profano en la filmografía de Takeshi Kitano o al que únicamente considere los fotogramas a la americana, los que destilan violencia, sangre y adrenalina a borbotones, que de todo esto hay y en suficientes dosis como para contentar a ese sesgado público. Pero Kitano no puede contener su aliento poético y sube su cámara al cielo o la deja reposar sobre el mar: nos amansa en la tempestad, nos conduce como quiere al terreno que más le place para, al final, hacernos descarrillar en el abrupto drama de un destino inaplazable, orquestado fabulosamente desde las sombras de ese cielo o desde las crestas nerviosas del infinito mar. Esta respiración lírica también es posible apreciarla en los variados dibujos que van apareciendo a lo largo de la película y que son obra del propio director (y actor Beat Takeshi).

Fue premiada con el León de Oro en el Festival de Venecia en 1997 y supuso el reconocimiento internacional a la labor de un hombre que posee un muy peculiar sentido de la violencia y de cómo narrarla, matrimoniando minimalismo y espectáculo, haciendo que sus yakuzas, esos gangsters del sol naciente, hechizados por algún conjuro ancestral, inexpresivos y letales, hieráticos y errabundos, constituyan una casta de leales arquetipos de su universo dramático, que también acude a estos mimbres, al hechizo, a la conjura y a la parquedad de gestos para explicitar una enormidad de recursos y un abanico casi inabarcable de mensajes.

(*) Tomado del sitio Mucho Cine

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