“The Host”, de Bong Joon-ho, en el colegio San José (Viernes 03/07 – 19 hs.)

Ciclo Cine en el “Sanjo” – Viernes 3 de julio – 19 horas – Sol de Mayo 726

Actividad abierta al público con contribución voluntaria.

Este viernes 3 de julio, a las 19 horas, en el colegio San José, ubicado en Sol de Mayo 726, Alto Alberdi, tendrá lugar la proyección de “The Host “, la extraordinaria realización del director coreano Bong Joon-ho.

Se trata de una película deliciosamente antinorteamericana, plagada de escenas maravillosas y conmovedoras, y cuyo tono va de la comedia al drama y viceversa a lo largo de todo el relato, con dosis muy interesantes de denuncia política y social, que culmina con una secuencia inolvidable (la persecución del monstruo con las bombas molotov), en el marco de un final dulcemente oscuro, pleno de poesía cinematográfica y envuelto por una música incidental de belleza indescriptible. En conclusión, una gran película, emoción en estado puro; un filme que conjuga magistralmente el género cómico con el de terror, sumando crítica social y ejemplares escenas dramáticas, constituyéndose en una prueba irrefutable del enorme talento de Bong Joon-Ho, su director.

The Host

The Host poster

Título: The Host

Dirige: Joon-ho Bong

Actores: Kang-ho Song, Hie-bong Byeon, Hae-il Park, Du-na Bae, Ah-sung Ko.

Año: 2007

The Host: Corea recupera el cine popular

El boom coreano es el fenómeno más sorprendente del cine internacional en la última década. En Corea del Sur, las películas locales ocupan hoy más del 50% de la taquilla, algo que sólo ocurre en Estados Unidos y en la India. En 1991, ese porcentaje era del 16 % y se exportaban 17 films por año. Actualmente, son más de 200 a 62 países.

Hasta hace muy poco, Corea no figuraba en las historias del cine mientras que la mayoría de los críticos, programadores y distribuidores occidentales no habían visto una película coreana en su vida, para no hablar del público general. En cambio, en los últimos años son de exhibición obligatoria en los festivales y han recibido innumerables premios, incluyendo tres del jurado oficial en Cannes.

Por su parte, el festival de Pusan, creado en 1996, se transformó en el más importante del continente. Las películas coreanas ya son dominantes en el mercado asiático y se estrenan en el resto del mundo con frecuencia creciente. Mientras tanto, en Corea, hace un tiempo que los grandes éxitos de taquilla dejaron de ser americanos y cada año un nuevo éxito nacional bate el record de los anteriores. El último es The Host, visto nada menos que por trece millones de espectadores, una cifra con la que la mayoría de los países (en particular, los latinoamericanos) ni siquiera sueña.

Las causas de esta explosión no han sido suficientemente estudiadas, aunque hay tres que deben mencionarse. La primera es la cuota de pantalla, la obligación de exhibir film locales en cada sala durante un determinado número de días al año. Ese número, que varió a lo largo de los años y alcanzó un máximo de 165, fue y sigue siendo el objeto de tremendas presiones económicas de parte de los Estados Unidos, con su doctrina del libre comercio y una causa para los defensores de la protección de los bienes culturales.

Otra razón es una industria muy dinámica que ha utilizado recursos de capital de diversas fuentes (el subsidio estatal directo es muy bajo en Corea) y el talento de una serie muy larga de cineastas que desemboca en la actual generación pero tiene una larga historia, con veteranos aun activos como Im Kwan-taek (Chiwaseon), que ha filmado 100 películas, o excéntricos geniales como Jang Sun-woo (The Road to the Racetrack).

Por último, el crecimiento económico que acompañó a la salida de la larga dictadura militar en 1989, la eliminación de la censura y la apertura de las pantallas coreanas al cine de otros países (las películas japonesas, en particular, estuvieron prohibidas hasta el 2000), es decir, la salida de una situación provinciana y autoritaria, facilitó la emergencia de una cultura cinematográfica potente que conserva incluso la impronta de la lucha política de sus pioneros y, al mismo tiempo, la aparición de un nuevo público: en Corea, los espectadores de cine deben ser los más jóvenes de mundo.

The Host, de Bong Joon-ho, una película extraordinaria, es también una síntesis posible del modelo coreano. Es un film que se inscribe en los géneros taquilleros y juveniles de la tradición internacional y, al mismo tiempo, se los apropia para deslizar una mirada crítica y comprometida sobre la sociedad coreana, tan llena de humor como de rebeldía.

Bong, nacido en 1969, comparte algunos rasgos con sus compatriotas más destacados en estos años: tiene el talento visual de Park Chang-wook (Oldboy, Sympathy for Mr. Vengeance), el interés social de Lee Chang-dong (Peppermint Candy, Romance), la fineza autoral de Hong Sang-soo (Turning Gate, Woman on the Beach) y la audacia de Kim Ki-duk (The Isle, 3-Iron).

Su primer largo (Barking Dogs Never Bite, 2000) es una comedia negra y un sátira social que gira en torno a algunos secretos vergonzantes de la vida coreana: la vieja y no del todo extinguida costumbre de comer perros y las coimas para obtener una posición en la administración o en la universidad. Es la presentación de un director inteligente, maduro y con una gran noción del equilibrio. La película hacía pensar que la carrera de Bong se orientaría hacia un cine más bien intelectual. Sin embargo, su segunda película fue decididamente comercial: un thriller virtuoso llamado Memories of Murder (2003) sobre dos policías que intentan encontrar a un asesino serial y no hacen más que descargar sobre el otro sus prejuicios respectivos.

Muy exitoso, el film es también una pintura de la burocracia y el autoritarismo y de la soledad a la que una sociedad construida sobre tales bases condena a los individuos. En los dos film se nota la simpatía del director por los personajes de las clases más bajas, especialmente contra los que están en el fondo de la pirámide educativa y son blancos de las bromas de los más afortunados. El héroe del film es el personaje que interpreta el brutal Park Gang-du, frente al detective científico y capitalino cuya superioridad es solo aparente.

Park Gang-du es también el héroe de The Host, donde encarna al más tonto pero más fuerte de los Park, una familia compuesta por un padre y cuatro hijos, tan queribles como limitados, que se enfrenta a puño limpio con una monstruosa criatura que amenaza destruir Seúl. Teóricamente, The Host es una comedia de monstruos que, sin perder las proporciones de la ironía alcanza la gravedad de la épica y, más aun, de la tragedia. Aunque compite con los blockbusters americanos basados en la espectacularidad y los efectos especiales, The Host no es uno de ellos. Mucho más modesta en recursos, segrega la misma adrenalina en las escenas de acción, pero estas son de algún modo accesorias. Bong no se regodea en las peleas ni en las persecuciones ni manipula exageradamente el suspenso. Se limita a ser inventivo y eficaz en ese terreno para no achatar la tridimensionalidad de su material.

El enemigo de los Park no es sólo el monstruo sin nombre, sino una sociedad que obedece ciegamente a la autoridad y que se humilla frente a los americanos y su ciencia imperial. Movida por el amor y la culpa, casi indefensa por sus cómicas carencias de toda índole, la familia busca desesperadamente a la hermanita perdida, pero es el blanco del gobierno y de los expertos y, aunque son héroes para el espectador, no lo serán nunca para sus alienados compatriotas. El talento de Bong se manifiesta en su capacidad para imaginar cinematográficamente la lucha de los que no tienen nada más que su ciega obstinación contra la maldad ciega del monstruo, no más inhumana que la del poder.

The Host no es un film populista: a pesar de que sostiene a los sumergidos que no aceptan resignar su humanidad, no transforma en virtudes sus faltas, no las adorna, no concede cínicamente a su sentimentalismo, no los explota. Es, por el contrario, un film popular, categoría que el cine parecía haber abandonado hace mucho tiempo. La universalidad, la cercanía con los personajes y el tono agridulce de la historia parecen derivar de Chaplin, de las eufóricas calamidades proletarias de Tiempos modernos, aunque pasadas por el modo directo, más bien áspero, de relacionarse entre sí de los coreanos.

Para merecer la calificación de popular no basta (ni siquiera importa) que la película tenga éxito en la boletería (de hecho, su estreno en la Argentina, por ejemplo, fue un fracaso). Pero, en cambio, es esencial que su aliento juguetón se confunda con un deseo de igualdad y justicia, con la apuesta a que la Historia no está terminada y las cuentas por saldar siguen existiendo. En ese sentido, es impresionante el final de The Host, con Park Gang-du en una choza iluminada en la nieve, acompañado apenas por un chico huérfano que conoció durante su odisea. Si a algo recuerda ese momento (aunque con el agregado de una evidente desolación) es a la última escena de Viñas de ira, a su rabia y a su esperanza. No es poco para una película de monstruos, pero Bong habla en serio.

Quintín

Buenos Aires, Argentina

http://www.ar.terra.com/terramagazine/interna/0,,OI1709412-EI9840,00.html

The host

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