Leonardo Favio, un artista determinado por el peronismo.

leonardo-favio-filmandoAlguna vez, Leonardo Favio dijo que él era militante peronista antes que director de cine. Al pensar en una nota sobre su muerte, la primera tentación fue la de rebatirle esos dichos y decir que no, que ante todo fue un artista enorme y que en su condición de militante sólo acompañó, desde una cuarta o quinta fila de violines, sin una sola critica importante, cualquier cosa que el peronismo hiciera, desde el otorgamiento de conquistas al movimiento obrero hasta la Triple A, López Rega, Menem o el veto de CFK al 82 por ciento para los jubilados.

Sin embargo, una joven compañera, de inteligencia más afilada, nos dio una pista mejor: “Como artista fue lo que fue, y cómo fue, porque antes era peronista”. Es un punto de vista que le ofrece al análisis una veta interesante.

En el año 2000, el 75 por ciento de los críticos, historiadores e investigadores de cine consultados en una encuesta del Museo Nacional de Cine Argentino, dijo que Crónica de un niño solo (1965) es la mejor película de la historia cinematográfica argentina. La historia de “Polín” (Diego Puente), es la de un chico de la villa que transcurre su vida entre los pequeños robos, el reformatorio y la intuición de que una libertad infinita puede conquistarse de algún modo que le es desconocido, simbolizado en esa escena, seguramente una de las más bellas de la historia del cine, de los chicos que se bañan en el río.

Esa película es parte de una trilogía integrada, además, por “Este es el romance del Aniceto y la Francisca, de cómo quedó trunco, comenzó la tristeza y unas pocas cosas más…” (Elsa Daniel, María Vaner, Federico Luppi) y El dependiente (Graciela Borges, Walter Vidarte). “Este es el romance…” es de 1967, y El dependiente de 1969. Son importantes los años en que fueron producidas esas películas, las tres primeras de Favio (salvo por una inconclusa de 1957 y un corto en 1960).

Los años 60 fueron prolíficos en materia de crítica social expresada por medio del arte. Década de rebeliones, revoluciones, convulsión política en todas partes y muy especialmente en América latina. No había arte posible fuera de esa realidad.

En la Argentina, las defecciones sistemáticas de la conducción peronista frente a los gobiernos de la “libertadora”, que se sucedieron desde 1955 hasta 1973, había facilitado el surgimiento de una fuerte izquierda dentro del peronismo y de una también poderosa izquierda no peronista. El Cordobazo (1969) señaló la irrupción de un proletariado joven, no peronista, que no gritaba “la vida por Perón” sino “obreros al poder”.
El gran esfuerzo de la izquierda peronista, desde Montoneros hasta sus mejores artistas, se orientaría a bloquear esa evolución clasista de los trabajadores, a conseguir que el movimiento obrero volviera a gritar “la vida por Perón” y no “obreros al poder”. Podían lograrlo porque el peronismo era una experiencia aún inconclusa, una tragedia y no una farsa. Y el artista de talento, se sabe, puede hacer con la tragedia maravillas como aquella Crónica de un niño solo.

Cuando el peronismo regresa al poder, Favio ya no repite obras como aquéllas. Con una filmación impecable y aun con escenas antológicas como aquel truco por el alma que Juan Moreira (Rodolfo Bebán) juega con La Muerte (Alba Mujica), su filmografía posterior a aquella trilogía es un concierto menor.

Por otra parte, Favio nunca tomó partido en la lucha interna que el peronismo resolvió con balas y sangre abundante en los años ’60 y ’70. Le dedica “Perón, sinfonía del sentimiento” (1999, patrocinada por Eduardo Duhalde) a la memoria de Héctor Cámpora, pero él se llevó bien con quienes derrocaron a Cámpora en julio de 1973. Es más, la derecha peronista lo había invitado a ser el presentador del acto que recibiría a Perón en Ezeiza, el 20 de junio de 1973, y que terminó en una masacre provocada por esa misma derecha. Favio fue amigo de Carlos Mugica, pero tenía vínculos aceitados con lo peor de la burocracia sindical. La dedicatoria de “Perón…” incluye también a Rodolfo Walsh, pero él aplaudió en su momento a Isabel Perón y López Rega, que intentaban asesinar a Walsh. Contradicciones demasiado aplastantes para que la creatividad quede intacta.

A menos que también él dijera, como el José María Gatica de su película (Gatica, el Mono, 1993, con Edgardo Nieva): “Yo nunca me metí en política, yo siempre fui peronista”.

A. Guerrero

Publicado en Prensa Obrera el 08/11/2012

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