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“CAUTIVOS DEL AMOR”, de Bernardo Bertolucci.

16 febrero 2011

“CAUTIVOS DEL AMOR”

(Besieged, Italia, 1998)

Escrita por: Bernardo Bertolucci y Clare Peploe, sobre un relato de James Lasdun.

Dirigida por: Bernardo Bertolucci

Protagonizada por: Thandie Newton (Shandurai), David Thewlis (Jason Kinski), John C. Ojwang (cantor), Claudio Santamaria (Agostino) y elenco.

Duración: 93 minutos

Película de atmósfera intimista en la mayor parte de su desarrollo, “Cautivos del amor”, del prestigioso director italiano Bernardo Bertolucci, cuenta con dos personajes centrales (encarnados por los talentosos David Thewlis y Thandie Newton) cuya interacción, núcleo del relato, se desenvuelve íntegramente en una casona (en la ciudad de Roma), que por obra y gracia de la gran destreza técnica de este realizador se convierte en un personaje más de la historia. El filme se impone principalmente a partir de la diáfana belleza de sus imágenes, a tal punto que en varios momentos Bertolucci renuncia a la palabra para dedicarse a filmar la sensualidad de dos cuerpos que se desean y que gozan, incluso hasta el dolor, por ese deseo. Hay un cuidado formal en toda la construcción narrativa que abruma por su perfección y sorprende por el poder de una cámara que es capaz de ver todo mostrando muy poco. Las elecciones estéticas de la película tienden a crear una sensación de aparente espontaneidad, aunque es evidente que detrás hay una planificación rigurosa de la puesta en escena. Esta paradoja, negando todas las intenciones frívolas que podrían suponerse de esta búsqueda artificial de naturalidad, provoca una extraña mezcla de gravedad con ligereza.

Sobre “Cautivos del Amor”


(Se trata de) una película que bordea elegantemente la ingenuidad de una típica historia romántica, pero se eleva por la fuerza de la belleza hasta lograr que uno sienta que está asistiendo a algo poderoso pero indescriptible. Esta imposibilidad de traducir en palabras lo que ocurre entre estos dos personajes, sin poder evitar así reducir todo a una pequeña historia banal y algo curiosa, es un gran triunfo del cine. El gran sueño rohmeriano de evocar lo invisible a través de lo visible, e ir más allá de la apariencia simple de las cosas, se hace realidad en varios momentos privilegiados de la película.

Este pequeño milagro se logra a través de un trabajo obsesivo sobre la forma, una voluntad que privilegia la armonía y el contrapunto y evita en todo momento el efecto y el capricho arbitrario. Si Bertolucci pudo filmar esta película hermosísima, fue gracias a su confianza en el rostro de los protagonistas. David Thewlis descartó los excesos que muchas veces lo han traicionado y puso toda la emoción de su mirada profunda para crear un personaje del que podemos adivinar todo sin que casi nunca diga nada. De Thandie Newton solamente se puede decir que es un milagro; su belleza (es) transparente, y su sensualidad (…) se manifiesta nítida, sin forzamientos. (…) Bertolucci los filma en cada una de sus pequeñas pero reveladoras acciones con un amor que es comparable al que va naciendo entre los propios personajes.

La plenitud de ese amor más grande que la vida, la felicidad que experimentan por ese sentimiento que los supera y parece elevarlos, se revelan en cada uno de los planos, en la belleza sin trucos de cada encuadre, en el talento y la sensibilidad de un cineasta que ha recuperado la fe en el poder del cine para ir más allá de lo evidente y dar cuenta de una belleza que creíamos olvidada.

Juan Villegas, para “El Amante Cine” (Publicado el 10/04/2000)